LA OPINONA

¿Puede la fe salvar el planeta?


Conozco no pocas personas que cuando alguien les pide algo que parece imposible responden “me tiene mucha fe”; de igual forma que cuando uno lee el Informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el medio humano de 1973, iluminado por los acontecimientos de los últimos cinco años, no puede evitar pensar, con un cinismo tanto triste como irrisorio, que “se tenían mucha fe”. En esta frase, la fe es capaz de hacer posible lo imposible, al mismo tiempo que revela su inocuidad: cuando no hay nada que se pueda hacer, se acude al santo al que se le tenga fe para pedirle que haga un milagro —milagro que bien podría no llegar jamás—. La creencia popular —al menos en Colombia, donde se utiliza esta frase— parece indicar que la fe no puede salvar al planeta, y el actual panorama político respalda tal conclusión; sin embargo, como le urge a todo humanista, mi respuesta a la pregunta “¿puede la fe salvar el planeta” es que depende de la fe.

La fe cristiana, que ha moldeado el pensamiento occidental, es antropocéntrica desde sus cimientos; por ejemplo, en Génesis 1:26 se lee: 

Luego Dios dijo: ‘Ahora hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Tendrá poder sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y en toda la tierra. Reinará sobre los animales terrestres, y sobre todos los que se arrastran por el suelo’.

 Aunque, posteriormente, autores como San Francisco de Asís en su Cántico de las criaturas (ca. 1225) intentaran darle vuelta a la relación de la humanidad con su medio —“Alabado seas, mi Señor/por la hermana nuestra madre tierra/la cual nos sostiene y gobierna/y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas” (ibid.)—, es difícil pedirle a alguien que devuelva un ‘regalo’ que ya se le ha dado. En la fe cristiana, la humanidad es la criatura más cercana a un Dios que, aunque es creador del medio, no es parte de él. Esto es distinto para otras fes.

El animismo sintoísta adora a los ‘kamis’ (神様), los espíritus de la naturaleza misma. Ya sea una gran roca, una familia de zorros o un viejo árbol, la comunidad se encarga juiciosamente de proteger los ‘cuerpos’ de sus ‘kamis’. En caso de ser perturbado, el ‘kami’ derramará el gran poder de la naturaleza sobre la humanidad. Aquí, usted-lector podría encontrar una gran similitud con la fe cristiana y levantarse para decir “¿por qué, entonces, el animismo —tanto sintoísta como muisca, ilama o Nukak— puede salvar al planeta y la fe cristiana no?”. Bueno, la respuesta es aportada por la otra lectura de la semana: en Los límites del crecimiento, Meadows et al. (1972) indican que la gran mayoría de las personas solo se preocupan por las cuestiones que les conciernen, a sí mismos o a su círculo más cercano, de manera inmediata. Aunque la promesa de una vida eterna es bella, apela poco en términos de inmediatez y cercanía, pues se debe esperar hasta después de la muerte —en total incertidumbre— para obtener las recompensas.

Para la mente humana —sobre todo, la mente humana contemporánea—, el sistema de recompensa y castigo propuesto por la fe cristiana provee insuficiente motivación para salvar al mundo —al fin y al cabo, cuando muramos, vamos a irnos a otro lugar—, mientras que otras fes hacen promesas más inmediatas: un ‘kami’ contento (bosque cuidado) protege a la comunidad (provee alimento, frescor, mantiene agua fluyendo por el río). Por eso, creo que, si encontramos la forma de incorporar otras cosmovisiones a nuestros sistemas económicos y políticos, de la misma manera en que se ha incorporado la cosmovisión cristiana, la fe sí podría salvar el planeta.


Material recomendado: Pompoko: la guerra de los mapaches (Studio Ghibli, 1994)