LA OPINONA

De las ciencias exactas y otros demonios

Mireia Long, creadora de la Pedagogía Blanca – consistente en ofrecer a los niños las herramientas necesarias para desarrollar sus capacidades al máximo, respetando siempre el ritmo de cada uno -, dijo al portal web ABC Educación que el sistema educativo es obsoleto, ineficiente y fácilmente manipulable a beneficio de unos pocos, en especial, del gobierno de turno, volviéndose variable e inconsistente. Aunque Long se refería específicamente al sistema educativo español, esta descripción se adapta a casi la totalidad del globo, lo cual lleva a preguntarse: ¿cuál es el problema con nuestro sistema educativo, y qué podemos hacer al respecto?

El 4 de marzo de 2021 leí el artículo La tiranía de las publicaciones académicas de la periodista chilena Tania Opazo, el cual, si bien trata acerca del sistema de educación superior o universitario, es fundamental para dar respuesta a las preguntas anteriores. En este, Opazo cita a distintos académicos - entre quienes se encuentran Alejandro Montenegro, Doctor en Ciencias Biológicas; Flavio Salazar, vicerrector de Investigación de la Universidad de Chile y Ricardo Greene, Doctor en Antropología Visual – para permitir al público general echar una ojeada a la crisis que se vive al interior de las universidades: la isificación.

Este término —isificación— tiene historia propia: a mediados del siglo XX, debido a los avances tecnológicos propiciados por la guerra, hubo un gran boom científico, el cual trajo consigo una “marea de conocimiento”. Durante la década de los sesenta, el científico de la información, químico y lingüista estadounidense Eugene Garfield, trató de poner orden a dicha “marea de conocimiento” creando el Instituto para la Información Científica (ISI), el “factor de impacto” y, posteriormente, comprando la editorial Thomson Reuters, que empleó como medio para la divulgación y validación científica. Así pues, la isificación puede entenderse como la tiranía, no sólo de la investigación, sino —y principalmente— de la publicación en el ámbito académico, prevaleciendo cantidad sobre calidad. 

Aunque, a diferencia de la educación básica y media, las universidades inviten fervientemente a desarrollar un pensamiento analítico y crítico, la isificación es una prueba de que ambos tienen el mismo talón de Aquiles. Este es, por supuesto, la tendencia a dar una clasificación numérica a todas las cosas, casi siempre con resultados insatisfactorios pues, como lo indica Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales, en el artículo de Opazo, 

“Reducir todo eso al simple número de publicaciones es, obviamente, un error porque eso estimula a que el trabajo […] se ensimisme y se ponga de espaldas a los problemas del entorno en que […] se desenvuelve. 'Isificar' la vida intelectual es un error” (Opazo, 2016).

¿Y a qué se debe este fenómeno? ¿Por qué se mantiene en pie? Pues bien, como dijo Micaela Abigail Chiliquinga — una colega a quien considero sencillamente brillante— , como sociedad tendemos a calificar las cosas de acuerdo con la ciencia a la que damos mayor peso, es decir, las ciencias exactas. Quizás, por esta misma razón, son las humanidades y demás ciencias sociales las que se han visto más afectadas por la isificación de la vida intelectual.

Respecto a esto, Alfredo Jocelyn Holt, historiador y profesor de la U. de Chile, expone que, si isificar a las ciencias exactas ya es perjudicial, es aún peor para las humanidades porque el valor de estas últimas radica en su interacción con el entorno y su difusión, tanto en las sociedades más cultas y académicas como entre la gente común. 

“[L]as revistas que los publican son normalmente redes herméticas, […] porque rara vez se leen […], y menos aún hacen grandes contribuciones al conocimiento y la discusión general” dice el catedrático.

Sin embargo, también sería un gravísimo error negar la importancia de la publicación académica. Como lo hemos abordado en bitácoras anteriores, la sobresaturación de información es, irónicamente, un núcleo de desinformación. Lo que permite la publicación académica es establecer ciertos estándares con respecto a la información considerable de calidad o creíble. Sin estos parámetros, un tweet podría ser una referencia académica tan válida como una tesis de grado.

En resumen, y aunque la frase ya esté muy quemada, “todos los extremos son malos”. Pero si algo queda claro, es que la calificación numérica ya está completamente pasada de moda y, con ella, también el Sistema Americano de Calificación, pues continúa tratándose de una valoración cuantitativa en vez de cualitativa. Entonces, ¿qué opciones tiene el sistema educativo para renovarse? La filósofa contemporánea Martha Nussbaum aporta una propuesta interesante.

Para ella, el plan de estudios debe estar más centrado en las ciencias humanas que en las ciencias exactas como la matemática, la física y la química, pues, aunque estas segundas son importantes en la academia, no aportan tanto como las primeras a la formación de ciudadanos. En sus propias palabras, 

“No necesitamos ganarnos el respeto de los demás siendo productivos. Podemos basar nuestra apelación en la dignidad misma de nuestras necesidades humanas. La sociedad está unida por un amplio abanico de afectos y compromisos, sólo algunos de los cuales tienen que ver con la productividad. La productividad es necesaria, e incluso buena; pero no es la finalidad principal de la vida social” (Nussbaum, 2007).

Sólo cuando como sociedad seamos capaces de identificar lo que es realmente importante para la vida y comencemos a aplicarlo en la academia, tendremos comunidades verdaderamente sanas, generadoras de conocimiento, no sólo para un selecto grupo de académicos, sino para toda la humanidad, una generación tras otra. 


Material recomendado: Seminario acerca de las publicaciones académicas (2014) – Universidad Nacional de Colombia. 

Referencias